Fin de la Primera Parte de las aventuras de Lorena y Sam en Australia. Si quieres saber cómo nos va:

Y ahora, ¿Cómo es el invierno en Australia?

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miércoles, 6 de abril de 2011

30/03/11 Los mosquitos Mole creen en Dios

Los últimos coletazos del verano en South Australia vienen en forma de picaduras de mosquitos Mole. El nombre no les puede ir mejor. Son auténticos gigantes que te infunden miedo si no eres todo lo valiente que se necesita ser para vivir aquí. Salir de casa se está convirtiendo en una especie de odisea. Es como si tuvieses que atravesar un campo plantado con mosquiteras, pero no de las que se ponen en las puertas o las ventanas de las casas para que no entren los mosquitos dentro; éstas mosquiteras son plantas enormes con ramas llenas de mosquitos hembra, que se dedican a parir centenares de hijos en cada contracción. “Hay van otros 200 mosquitos Mole más”, suelta la mosquito hembra que acaba de parir. Allí nacen y se desarrollan los futuros picadores profesionales. Nosotros no dejamos de ser como los protagonistas de la película “Los Chicos del Maíz”, tenemos que pasar por ese campo de mosquiteras sabiendo que nos vamos a encontrar con los jóvenes mosquitos Mole que están sedientos de sangre. Suerte que el verano parece que se va apagando y que éstos mosquitos no llegarán jamás a cumplir la mayoría de edad.

Después de dejar a Lorena en el instituto, mi principal función de hoy es sacar las cajas de porexpán vacías y dejarlas en la puerta de casa. Estas cajas de porexpán son las que llevaban nuestra comida de la semana. El funcionamiento de nuestra alimentación en las últimas cinco semanas ha sido así. Pedir la comida por Internet el domingo a una página que se llama Lite´n´easy y recibirla el miércoles dentro de dos cajas de porexpán con nuestros desayunos, comidas y cenas de toda la semana, y al llegar otra vez el miércoles, volver a dejar las cajas vacías en la puerta, para que el repartidor de Lite´n´easy, se lleve las vacías y nos deje en la puerta de casa otras dos cajas llenas. Simple.
Los mosquitos Mole duermen por la mañana y salen a cazar a partir de las tres de la tarde. Las cajas están en la puerta de casa a las 9:05 am. Dos picaduras en el cogote de un mosquito madrugador que no he visto han sido mi castigo por no estar del todo atento. Me encierro en casa, me acurruco en el sofá de mi estudio y dejo que pase el tiempo. Me balanceo con los ojos cerrados mientras escucho algún mosquito kamikaze estrellarse contra la ventana de la habitación. No puedo desfallecer ahora. Tengo que asegurarme que las otras ventanas de casa están cerradas. Me levanto del sofá con cuidado y voy chequeando cada ventana, cada rincón de la casa para que no entre ningún bicho más. Mientras lo hago voy pensando en el repartidor de Lite´n´easy. Debe estar preparado contra las picaduras de mosquito, porque en estas cinco semanas que llevamos pidiendo la comida, jamás me lo he encontrado. Eso quiere decir que tiene que venir a dejarnos la comida más tarde de las cinco de la tarde, que es cuando Lorena tiene su clase de ejercicios en la ciudad y yo voy a llevarla. “¿Qué pinta debe tener el repartidor de Lite´n´easy?”, me pregunto mientras cierro la puerta del jardín. 


Cinco minutos después de hacerme esa pregunta oigo golpes en la puerta. Suenan como si alguien estuviese golpeándola  con el puño. Evidentemente mi primer pensamiento es que una manada de mosquitos Mole se ha juntado en la puerta de casa, han formado un puño gigante y están golpeándola con fuerza. “No puede ser”, pienso mientras trago saliva. Los golpes se repiten de tres en tres. Tres veces. “También puede ser el cartero”, mi nivel cinéfilo tiene éstas asociaciones veloces. “O son los mosquitos o es el cartero”, para salir de dudas, lo mejor es preguntar.
“¿Si?”.
“Lite´n´easy”, la voz profunda de un ser humano me despeja de la amenaza de los mosquitos. El repartidor de comidas está aquí. Por fin lo voy a ver.
Abro la puerta con cuidado, a pesar de que la voz es claramente humana, nadie me dice que no haya mosquitos Mole ventrílocuos.
“Buenos días”, la cara del repartidor aparece bajo una gorra con las iniciales LnE.
“Hola, qué tal”, mi voz deja de temblar al comprobar que no hay mosquitos en la puerta.
“Le traigo la comida de la próxima semana”.
“Ya veo, qué bien. Es la primera vez que consigo verte”, le digo para practicar un poco mi inglés.
“Es mi primer día. Espero que le vaya bien ésta hora”.
“Si, si, no te preocupes, es que siempre nos lo encontramos por la noche, al volver a casa. Está bien”, le digo mientras miro de reojo que no entre ningún bicho.
“No se preocupe por los mosquitos; estando yo aquí no tiene nada que temer”, el repartidor de comida tiene pinta de saber lo que dice.


“Es raro que hayan tantos ahora, que el verano se termina”, le digo, a la vez que pienso en el vendedor de helados: “Ayer fue martes y no se pasó por el barrio”.
“Ese impostor ha estado por aquí diciendo que es Dios, ¿verdad?”, el repartidor de comidas me interrumpe como si estuviera leyendo mis pensamientos.
“¿Cómo?”, le he oído perfectamente, pero es el turno de la pregunta que te permite unos segundos más para pensar.
“El vendedor de helados que se pasea por los barrios diciendo que es Dios es un impostor. Yo soy realmente Dios. O tu helado de sangría ha hecho que siga siendo verano seis meses más. O crees que aquella niña que se comió el helado de coco y mandarina va a ser la próxima Picasso, y además inmortal. Paparruchas”. De todo lo que me acaba de soltar el repartidor de comidas, lo que más me ha sorprendido es que haya alguien que todavía diga “paparruchas” a éstas alturas de siglo.
“Vaya, me dejas helado”, si le digo que me ha dejado helado de sangría: ¿Podremos tener seis meses más de verano? Al repartidor de comida o nuevo Dios, no le hace gracia.
“Tengo la capacidad de leer lo que estás pensando. Te he dejado helado…de vainilla (que te daba la posibilidad de terminar un Ironman entre los 500 mejores del mundo, memo). En fin, que esto es muy serio. Estoy aquí porque quería dejar las cosas claras con la gente que se encontró con ése dios de pacotilla la semana pasada. Nada de deseos por comerse un helado. La vida es más dura. Qué me lo digan a mí. Mira dónde estoy”, el Dios de los repartidores se pone serio. Es el momento de darle mi apoyo.
“Vamos, no te pongas así. Seguro que puedes elegir el trabajo que quieras, y mañana puedes ser…no sé…Fotógrafo del Playboy, como dice la canción de Sabina”, es lo primero que me viene a la cabeza.
“Tú crees que estoy en éste mundo para divertirme. He sido rana en los cuentos de princesas y nunca me besaba ninguna; he sido batería de un grupo de rock famoso y todas las groupies se iban con el cantante, el guitarrista o el bajista; el batería nunca pilla cacho…”, a Dios se le empieza a caer una lágrima sagrada de su ojo derecho.
“Es que siendo Dios, podías haber elegido ser el cantante. Todo el mundo sabe que el batería nunca pilla cacho”, es lo primero que me viene a la cabeza.
“Lo sé…lo sé, tío; quiero ponerme retos difíciles y siempre me salen mal…”, las lágrimas de Dios salen a borbotones. Es el momento del abrazo de colega.
“Vamos, la próxima vez te saldrá mejor”, le doy dos golpes en la espalda y el repartidor intenta dejar de llorar.
“Bueno, gracias tío. Y tú ya sabes. No vayas haciendo caso a locos que se creen Dios y cuidaros mucho. Qué os aproveche la comida de la semana”, me dice mientras se seca las lágrimas.
“Oye, y no puedes hacer nada con éstos mosquitos Mole que hay por aquí”, le pido antes de que se suba a la furgoneta de Lite´n´easy.
“No te preocupes, que pronto se marcharán”. Mientras le saludo con la mano desde la puerta de casa, veo como un enorme grupo de mosquitos Mole se acercan a él, se meten dentro de la furgoneta y desaparecen de la calle. No quiero saber la hora que es. Igual el reflejo del reloj resulta que sale Dios y me dice que puedo controlar el tiempo y viajar al futuro. Vete tú a saber.

martes, 5 de abril de 2011

29/03/11 Todavía estoy celebrando mi cumpleaños

Eddie Vedder todavía no lo sabe, pero ésta noche cuando empiece a sonar los primeros acordes de “Alive”, va a coger el micrófono con fuerza, me va a buscar entre el público del Thebarton Theater y antes de empezar a cantar me la va a dedicar.
“Quiero dedicar ésta canción a un tipo español que anda por aquí con su chica; está viviendo por uno de los suburbios de la ciudad intentando encontrar su hueco en el mundo, su chica está con cosas importantes de científicos, descubrimientos y esas historias, y están buscándose un hueco entre la gente cool de Adelaide…hoy está de cumpleaños y sé que ésta es su canción favorita…va por ti, Sam”.

Esta tarde he vuelto a vestirme de Grunge para el concierto de Eddie. Vaqueros rotos, camiseta a rayas (negras y rojas), Converse gastadas, barba de siete días, pañuelo violeta en el cuello…Lo que viene siendo un auténtico cromo. Pero Grunge. A pesar de que siempre fui más de Nirvana que de Pearl Jam, no está nada mal que su cantante me vaya a dedicar esta gran canción. Más que nada porque Kurt Cobain no llegó a tiempo para dedicarme el “Smells Like Teen Spirit”. Ya hace años que no huelo como un adolescente.
Pero antes de llegar al concierto me van a cantar el Cumpleaños Feliz dos veces. 

Primer Cumpleaños Feliz:
La primera es Lorena. Son las 0:00:01 del día 28 en Mawson Lakes. Llevaba más de una hora durmiendo en la cama mientras Lorena estaba viendo en su portátil los esfuerzos sobrehumanos que están haciendo nuestros gordos favoritos por perder peso. El programa “The Biggest Loser Family” ya va por su sexta semana y ya se empiezan a ver los resultados. Yo también empecé a ver el episodio tumbado en la cama, pero a los cinco segundos de empezar me quedé completamente dormido. Luego pasaron los segundos por encima de los minutos y los machacaron. Fueron las 23:50, pasó un minuto y llegarón las 23:51, el 52, y cuando llegó el momento del cero, a las 0:00, el 36 que tenía mi edad desapareció para darle paso al 37.  Sin anestesia. Luego Lorena me desveló con su “cumpleaños feliz” cantado dulcemente al oído. Yo abrí los ojos y lo que realmente oía eran unos aplausos que parecían venir del pasillo de casa. La neurona que se queda de guardia, en la garita como los soldados por si pasa algo, le explicó al resto de mi cerebro que detrás de la puerta de nuestro dormitorio había una fiesta sorpresa preparada para mí.
“Qué coño hacen los amigos aquí, a éstas horas”, intentaba decir mi lengua sin éxito. Mi cabeza creía que detrás de la puerta estaban todos nuestros colegas de Australia aplaudiendo después del cumpleaños feliz que acababa de cantar Lorena. Que iban a abrir la puerta, con sus cervezas en la mano, se iban a sentar en la cama y empezaríamos a jugar a: “coge una carta y bébete la Coopers de un trago”.
“¿Por qué aplauden?”, consigo preguntarle a Lorena.
“No, si están aplaudiendo a Damien que ha perdido 60 kilos desde que empezó el concurso”, me dice Lorena, que tiene algo en las manos. No es una cerveza Coopers, así que no tengo que bebérmela de un trago. Es mi regalo de cumpleaños: un pedazo de reloj Polar para controlar mis futuros entrenamientos por éstas tierras.
“Muchas gracias, amore”. Un minuto y medio después  me vuelvo a quedar dormido.

Segundo Cumpleaños Feliz:
La segunda persona que me canta el “Happy Birthday to you…” es Marta, nuestra amiga polaca. Nos la encontramos en Frome Street, justo delante del edificio dónde Lorena tiene que hacer sus ejercicios del estudio al que está apuntada. Marta no se corta un pelo y delante de docenas de universitarios que salen de sus clases empieza a cantar. Por muy Grunge que vaya vestido, el espíritu vergonzoso se sonroja. Los adolescentes de primer curso de enfermería pasan por mi lado y me sonríen mientras Marta cada vez grita más fuerte el “to you”, apuntándome con el dedo.  Sonrisas forzadas, gafas de sol y el pañuelo violeta tapándome la cabeza. Le agradezco a Marta su felicitación y me voy a pasar la hora que tengo libre hasta que Lorena termine su clase, con algo que hago cada día de mi cumpleaños desde el año 1986.


Flashback: 28 de marzo de 1986
Tengo ahorradas 1250 pesetas para hacerme un regalo. Cumplo 12 años y quiero comprarme mi primer disco. Me encanta la música. Los casetes de música no bajan de ese precio, así que tengo que apuntar bien. Miro en el escaparate de la tienda de discos que hay en la esquina de la calle Rosellón. Entro con decisión y le pido el último disco de Dire Straits, “Brothers in arms”. Quiero que ese disco sea el primero que me compre en mi vida. Hoy es el mejor día para hacerlo. El plástico que envuelve el casete es fácil de quitar. La mezcla de olor entre el plástico y la cinta magnética es desagradable, pero estoy deseando llegar a casa, meter el casete en el reproductor y escucharlo. Me encierro en mi habitación y empiezo a escuchar los primeros acordes de la primera canción del disco. Después de escucharlo la primera vez, quiero que éste momento se repita cada día de mi cumpleaños. Me hago una de esas promesas que no sé si se cumplirán.
“Quiero escuchar cada día de mi cumpleaños este disco…”.

Adelaide, 28 de marzo de 2011 (18:20 de la tarde): 25 años después acabo de volver a escuchar el disco de Dire Straits que tengo metido dentro de  mi iPod. De momento, la promesa que me hice el día que me compré mi primer disco cuando cumplí 12 años, sigue cumpliéndose.


Me encuentro con Lorena en las escaleras de la universidad. Está lista para ver a su cantante favorito y no hay nada que me apetezca más que estar a su lado. Llegamos con tiempo al Thebarton Theater, esperando que llegue el momento en que Eddie me dedique su canción “Alive”. Antes de ese momento mágico, cuando el concierto lleva casi media hora y Lorena corea una versión brutal de “Better Man”, se gira hacia mí y me pide algo a lo que no puedo negarme.
“Verdad que tengo licencia con Eddie. Si alguna vez te engaño con él, me perdonarás”, me lo pide con tanta sinceridad que no puedo negarme.
“Claro, cariño, tienes todo mi apoyo. Suerte”, le deseo con la misma sinceridad.
Los primeros acordes de “Alive” suenan para mí.

Rápidamente: Hora en Australia: 12:30 del día 29 de marzo de 2011. Hora en Buenos Aires: 23:00 del día 28 de marzo de 2011. Todavía hay lugares en el mundo dónde puedo seguir celebrando mi cumpleaños. El que va a ser recordado como el más largo de la historia.

lunes, 4 de abril de 2011

28/03/11 El Toro Español

Siempre me gustaron más los números pares que los impares. Por eso no me apetece cambiar de edad. Estoy a gusto con los 36 y pasar a tener 37 me da un poco de pereza. Aunque si sumo 3 y 7 el resultado es 10. Y diez siempre será par hasta que se demuestre lo contrario. Mientras todo esto pasa en mi cabeza, Lorena me quiere dar una sorpresa por el día de mi cumpleaños. Si miro la fecha en la que me va a dar la sorpresa, por mucho que nosotros estemos por delante del resto del mundo en cuestiones de horarios, todavía estamos dentro del día 27. Otro día impar, en el que esta vez su suma no da 10. Lorena acaba de terminar su primer triatlón y ya es toda una mujer de hojalata (Tinwoman). Si todo lo que dijeramos fuera literal, al tocarla con los dedos, su tacto sería frio y metálico, pero sigue siendo de carne y hueso; caliente y suave, cosa que me alegra. Claro que yo también he terminado el mismo triatlón y también sería de hojalata (Tinman). Igual elijo a otro personaje que no sea el hombre de hojalata y me convierto en el espantapájaros sin miedo de “El mago de Oz”. Así ella puede ser la niña del cuento, que nunca debía quitarse los zapatos y tenía que llegar hasta la Ciudad Esmeralda siguiendo el camino de las baldosas amarillas. Pero la sorpresa no está relacionada con el mago de Oz.
“Te voy a llevar a un restaurante español que me han recomendado”, me dice antes de salir de casa.
El restaurante español se llama “El Toro Español”, y la recomendación viene de parte de dos franceses, una irlandesa y un australiano. Por muy amigos nuestros que sean, las dudas por saber si realmente será un buen restaurante español son muy grandes. Además el nombre del restaurante no nos da muchas esperanzas.
“Pues vamos al Toro Español”.

Semaphore es un suburbio de Adelaide que tiene playa. Allí es dónde está el restaurante “El Toro Español”. Esta mañana hemos pasado cuatro veces por la misma carretera; primero para ir al Triatlón, luego para volver a casa y las dos siguientes en busca de mi mono perdido en la carretera. Me imagino que un tipo que paseaba por el borde del arcén vio mi mono tirado en medio de la carretera, se acercó a él, lo acarició y se lo llevó a casa para cuidarlo bien. Lo habrá lavado, colgado en una cuerda y el día que le dé por probárselo, le apretará tanto en las pelotas que lo volverá a tirar a la misma carretera. Entonces, coincidirá que ese día estaremos yendo nosotros por esa carretera y me volveré a encontrar con mi mono de triatlón para que vuelva a mi lado: (cosas más raras se han visto). Mientras se seca mi mono en la cuerda de ese tipo despiadado, aparcamos nuestro Mazda 2 en Semaphore Road. El Toro Español está en el número 39A. En el 39B hay una tienda de bicicletas. Miro a través del escaparate y me parece ver mi mono colgado en una cuerda al fondo de la tienda.
“Estás entrando en una paranoia de yonqui a la inversa: has perdido el mono y quieres recuperarlo. Deja que el mono se vaya, déjalo ir…sé agua, mi amigo”, me dice mi conciencia anti drogas.
“Maldita parte aburrida del cerebro”, le contesta la parte adictiva de mi cabeza.
“Qué te parece el sitio”, me dice Lorena de sopetón haciendo que vuelva a la realidad.
“Creo que esta allí colgado…ah, el restaurante, parece que está bien”.

Entramos en el bar y lo primero que vemos es una camiseta de la selección española de fútbol firmada por todos los jugadores. Las firmas las podría hacer cualquiera, porque no dejan de ser garabatos aleatorios en forma de firma sin nombre. Pero nos creemos que después de ganar la copa del mundo en Sudáfrica, los jugadores hicieron escala en Semaphore, se tomaron un pincho de tortilla y cogieron otro avión para volar hasta España. El comedor principal está completo. Un camarero con perilla se acerca hasta nosotros y nos dice que no nos preocupemos: “Hay sitio en otra sala”. Le seguimos y abre una puerta que nos hace pensar que estamos en un restaurante típico español. Cuadro de torero dando un capotazo a un toro de 500 kilos, negro zaino, bragado y de cuernos bien armado. Una pintura del puerto de Cadaqués, otra de un pueblo de Asturias y la camiseta de Iniesta enmarcada. Por supuesto es la camiseta con la que marcó el gol de la victoria en la final contra Holanda. El sitio tiene un caché muy alto.


Después de cinco meses aquí sin ir a un restaurante dónde puedas comer comida española, El Toro Español empieza a tener buena pinta. La carta contiene todas las tapas que te tomarías en cualquier bar de Logroño, en la calle Perejil. Croquetas, bravas, pulpo, tortilla de patatas, pimientos, jamón de pata negra, pollo al ajillo…Le recito a Lorena la carta como si yo fuese el camarero, con la cadencia adecuado y un poco de acento de Cádiz. Estamos en Logroño, pero soy un camarero gaditano que ha emigrado a la Rioja para ganarse la vida. Lorena no me hace caso, y le pide nuestras tapas al camarero australiano que viene cinco minutos después.
“Croquetas, tortilla, pollo al ajillo, una de bravas, jamón serrano, queso manchego y dos Sidras El Gaitero”, le suelta Lorena al camarero reserva. El titular soy yo, pero pasa de mí.
El camarero es un lince y nos pregunta inmediatamente.
“Sois españoles, verdad”. Debe ser por el acento de Lorena, que al sentirse como en casa se le ha iescapado un poco el deje gallego. Mi acento es totalmente australiano, de Cádiz.
“Oh, es un honor, teneros aquí”, el camarero empieza a sentir vértigo. “Dos españoles en mi restaurante; hay que hacerlo bien”, debe pensar mientras nos cuenta su pequeña historia de por qué tres australianos montaron hace cuatro meses un restaurante español.

Los dos propietarios son australianos. Tienen perilla, están rapados y son muy amables con nosotros. No voy a decir que tienen pintan de gais porque no viene a cuento, pero estoy convencido que les encanta el cine de Almodóvar, les gusta Mónica Naranjo y creo que me hacen morritos cada vez que me preguntan si quiero algo más. Ninguno de ellos ha estado nunca en España pero desde siempre sintieron que tenían que abrir un restaurante español. La abuela del cocinero es española y es la que le ha enseñado todo lo que sabe. La música es horrenda, pero la tercera vez que vienen a preguntarnos cómo está todo, nos preguntan:
"¿Qué os parece la música? Me la bajé por Internet; es buena y española, ¿verdad?”. El camarero de perilla número 1 cree que estar escuchando a Bisbal, Bustamante, Merche o La Oreja de Van Gogh es buena música. “Muy buena, muy buena”, le miento porque yo en lo que realmente estoy pensando es en la comida: el pollo al ajillo está cojonudo, el jamón está para llorar, las croquetas se salen y la tortilla de patatas está rica. La música es un truño pero no todo va a ser perfecto.


Estoy a punto de arrojar después de tanto comer. Pero todavía me atrevo con un postre y medio. Pido una crema catalana y me como medio helado de vainilla con chocolate que ha pedido Lorena. Los camareros se alternan y nos atienden estupendamente. Nos traen una copa de sangría con un toque de canela que está muy buena. Después de una velada perfecta, romántica y española, en donde Lorena está más guapa que nunca (si a estas alturas eso fuera posible), viene el momento delicado de la noche.
“Nos puedes traer la cuenta, por favor”, le dice Lorena.
El camarero asiente con la cabeza, pero después de más de un cuarto de hora no viene nadie. Son casi las nueve de la noche y el restaurante debe estar vacío. Nadie viene a traernos la cuenta.
“Igual tenemos que ir a pagar allí”, me dice Lorena.
“Seguramente, pues vamos”, le contesto a la vez que me levanto.
Justo en ese instante viene el camarero número 1 y nos trae una tapa de aceitunas.
“Tomad, para que…para vosotros”, el camarero nos deja claro que esta esperando que le paguemos y nos vayamos, pero lo quiere hacer de una manera fina. Y qué mejor que después de los postres, traerte una tapa de olivas. Yo con sólo verlas me entran más ganas de arrojar, pero aguanto. Lorena le da las gracias, pero un minuto después nos levantamos y vamos a pagar. El restaurante por supuesto está vacío. Las sillas encima de la mesa, los camareros limpian los vasos y nosotros nos disculpamos por el equívoco.
“Es que en España es normal pedir la cuenta y que te la traigan a la mesa”, les explica Lorena.
“Lo sentimos mucho”, le digo yo, que se note que también sé hablar.
Nos disculpan y les prometemos que volveremos más veces a nuestro primer restaurante español en Australia. El Toro Español tiene nuestro aprobado. Alto.

domingo, 3 de abril de 2011

27/03/11 El primer Triatlón de Lorena

Si puedes confiar en alguien sabiendo que no te va a fallar, es en tu familia. La mía fue entera a ver la entrega de premios al Mejor Blog Internacional de Revista de Letras. Dejaron todo lo que tenian que hacer y se presentaron en pleno en la Librería Bertrand de Barcelona, para ver si yo era el elegido. Mi familia es un 10 y me dicen que soy el auténtico ganador, aunque el trofeo y el netbook se lo lleve otro.
Mi familia aquí es Lorena y también es un 10. Si yo no he ganado ese premio, ella si que se ha ganado hoy uno de verdad: A la mejor Triatleta del Tinman Triathlon de West Lakes. Os cuento cómo fueron esas horas. Las que pasaron entre que me enteré que no había ganado el premio y cómo Lorena terminó su primer Triatlón.


5:30 am Mawson Lakes / 20:00 pm Barcelona.
Mi iPhone no tiene ningún mensaje de la familia. “Me parece que no he ganado”, pienso con un bostezo de los ojos. En 45 minutos tiene que sonar la alarma en el móvil de Lorena para que nos levantemos y  desayunemos: bacon, huevos, tomate, parmesano, un café con leche y un yogur griego con miel. Desayuno completo sólo apto para campeones. Pero todavía sigo con el bostezo en los ojos buscando la información del Premio. La inmediatez de Internet te permite ver al instante qué pasa en la otra punta del mundo. En la página de la entrega de premios sale una foto con los 4 ganadores. Entre ellos no distingo ni a mis hermanos, ni a mis padres, ni siquiera a Vania, que hubiese sido una buena elección para recoger el premio. “Pues va a ser que no”, el premio al Mejor Blog es para otro. Pequeña decepción que coincide con el sonido de la alarma del móvil. Las malas noticias nunca vienen solas.
“Hay que levantarse y no he ganado”, le digo a Lorena, que también se queda un poco de bajón.
“Bueno, llegar hasta ahí ya está muy bien”, me dice para consolarme. El consuelo de los finalistas es así. Es como la cara que ponen los que no ganan el Oscar al mejor actor secundario: “Sonríe, que te están enfocando la puta cara y te van a ver millones de personas, que parezca que no te importa haber quedado finalista”, es lo que deben pensar los actores secundarios que no ganan el premio. Yo ya estoy pensando en lo importante del día. Que Lorena termine siendo una “mujer de Hojalata” y finalice su triatlón.
Después del desayuno dominical nos queda llegar al sitio, dejar las bicis en su sitio y esperar que llegue el momento de meterse en el agua. Nuestro pequeño Mazda 2 es capaz de cargar con las dos bicicletas, los cascos de la bici, las gafas de nadar, los trajes…con todo lo necesario para el triatlón, pero es incapaz de cerrar completamente el maletero. Le ponemos una de esas cuerdas extensibles para que no vayamos con el maletero abierto y llegamos a West Lakes con tiempo de sobra. Hace frío y nos metemos en el coche hasta  que lleguen las 9:00 am. En Barcelona todavía es una hora decente, así que el iPhone va a ser el vehículo perfecto para llevarnos hasta allí para ver a la familia. Están en el sofá de casa dándonos ánimos por lo que nos espera y por lo que no fue. Nada mejor que pasar el tiempo hablando con la familia mientras paseamos por el recinto dónde vamos a competir. El lago, las bicicletas, la línea de llegada y los australianos que nos miran con cara de alucinados mientras vamos hablando en español con un teléfono en la mano. Muchos ánimos y una frase que se me queda en la cabeza: “Ya podemos decir que hemos visto el cielo de Australia”. Antes de que el sueño les venza a todos, nos despedimos con una sonrisa de ánimos. Los bostezos de los ojos ya se lavaron esta mañana en la pica del lavabo. Ahora sólo queda esperar el gran momento.

Tinman Triathlon West Lakes, 27/03/11
9:10 am, 300 metros Swim.
Lorena tiene un gorro rosa. Idéntico al de las 30 mujeres que le acompañan en la salida. Mi corazón va a 200 pulsaciones. Ahora sé que siente ella cuando está esperando que yo me meta  en el agua. Mi salida es cinco minutos después. Yo llevo un gorro naranja (fosforito) y no dejo de mirar hacia dónde está ella. Nada bien, segura, a un buen ritmo. Cuando llega a la primera boya mi vista se tiene que concentrar en el juez de salida, que marcará la mía.
9:15 am, mis 300 metros Swim.
Nunca fui tan agobiado nadando. No pienso en mis brazadas. Pienso en cómo le estará yendo a Lorena. “Seguro que va bien”, me voy repitiendo. Cada vez que paso al lado de una barca de salvamento, miro de reojo por si estuviese ella. “Lo está haciendo bien”. Termino con el corazón en la boca. Corro hasta la zona de transición y no está su bicicleta. El gorro rosa y las gafas de nadar sí. Buena señal.

16.8 Km Cycle.
Ni siquiera sé la hora qué es. Cojo mi bici y salgo volando para encontrarme con Lorena. Pedaleo como si fuera un sprint en el que voy a ganar el Tour de Francia. El premio es verla a ella. Voy adelantando a ciclistas y nunca es el dorsal 220 que lleva Lorena. “Pues sí que está yendo rápido”, voy pensando masticando la aorta y parte de la arteria pulmonar izquierda. Estoy casi al final de la primera vuelta y no he conseguido alcanzar a Lorena. Justo antes de llegar a la última curva, la veo. “Mírala, qué campeona”, el corazón baja de pulsaciones y el ventrículo derecho, que ya estaba preparado para saltar a mi boca, vuelve a su posición. Me pongo a su lado y la adelanto. “¡Vamos amore, qué grande!”, le grito y la miro de reojo. Tiene cara de competición y no deja de pedalear. Le pregunto qué tal va y ella no deja de decirme qué vaya más rápido. La vuelta que nos queda no bajamos de 30 km/hora. “Eres la mejor, Lore”. La familia en Barcelona debe estar durmiendo en éste momento. Llegamos a la parte de correr y Lorena está guapísima con mi mono de triatlón azul y negro.



3.00 Km Run.
Dejamos las dos bicis en su sitio. Lorena sale corriendo antes que yo, como una bala. Yo todavía me tengo que cambiar las zapatillas de la bici por las de correr. Salgo detrás de ella y cuando la alcanzo, me dice que está hiperventilando. “Relájate, respira hondo, tranquila”, le voy diciendo. Ha salido muy rápida y se estaba agobiando. Cogemos el ritmo adecuado y vamos corriendo los tres kilómetros disfrutando del momento. “Venga que ya falta poco”, le voy repitiendo cada diez metros. Ella no me dice nada, porque seguro que me mandaría a la mierda. La psicología del deporte aplicada en primera persona. Llegamos a la meta y todavía es capaz de hacer un último sprint que demuestra que es toda una campeona. Abrazos, besos y la fruta de premio. Un trozo de sandía, una manzana y cinco uvas australianas. “Muy bien, ya eres una triatleta”, le digo orgulloso.



Es el momento de recoger las cosas. Las dos bicis en el coche, los bañadores, los monos de triatlón y volverse a casa. Lo metemos todo en el coche y metemos la ropa mojada en una bolsa de plástico. El maletero tiene que ir medio abierto y no me doy cuenta que dejo la bolsa en un filo peligroso. El mono de triatlón de mi debut, ha sido el que Lorena ha utilizado en el suyo. Es la última prenda de ropa que entra en la bolsa. Cuando salimos del parking de West Lakes parece que algo se mueve detrás. Lorena me avisa de que algo está en el borde del coche. “Para, que me parece que hemos perdido algo”, me dice. Yo le hago caso demasiado tarde. Cuando paramos el coche, mi bañador está en el borde del coche, a punto de caerse. “Igual hemos perdido algo”, me dice Lorena. “No creo, el bañador fue lo último que puse”, le digo yo sin acordarme que lo último fue el mono de triatlón que ha utilizado ella. Llegamos a casa y abrimos la bolsa de plástico.
“El mono de triatlón no está”. Volvemos hasta West Lakes por la misma carretera, fijándonos en el suelo por si lo vemos.
“Nada, que lo hemos perdido”, decimos abatidos. Ya no sólo seré recordado como el que pierde calcetines en el autobús, ahora también por el que pierde monos de triatlón por las carreteras australianas.


A pesar de todo, no es un mal día. Mi familia ha perdido una hora de sueño y ya estamos a 8:30 de ellos. Lorena ya es triatleta y yo casi gano un premio por éste blog. Una de cal y otra de arena. Por cierto, ¿cuál es la buena, la de cal o la de arena?
Empate a noticias buenas y malas. Perder el mono de triatlón y no ganar el premio: 2 malas.
Que Lorena haya terminado su primer Triatlón y hablar con la familia: 2 buenas.
Lo del cambio de hora puede ser bueno o malo según se mire. Duermes una hora menos (mal), pero mañana los días serán más largos (bien). Total, que el día termina en empate a dos y con una equis en la quiniela…
What the hell! (Qué coño): Lorena es Triatleta y mi familia ha visto el cielo de Australia. El día ha sido genial.

sábado, 2 de abril de 2011

26/03/11 La fiesta del No

Esta noche no vamos a celebrar la fiesta de despedida de Celine, que se marcha al día siguiente a París. Tampoco va a ser la fiesta de inauguración de la nueva casa de Jarrad y Muireann, a la que se mudaron hace una semana. Y por supuesto tampoco va a ser mi fiesta de cumpleaños, que será dentro de tres días. Esta noche nos juntamos para no celebrar todas esas cosas y hemos montado la fiesta del NO. Es viernes, se acaba el buen tiempo y tenemos ganas de fiesta.
Pero la fiesta del No empezó hace unos días, cuando fui a comprar una bandera australiana para que Celine se llevase un recuerdo de aquí.
“Queremos poner un montón de fotos nuestras encima de una bandera australiana, y nadie puede ir a comprarla…”, Lorena me lo dijo con sonrisa pícara y yo, que lo entendí a la primera, me hice de rogar.
“¿Y?”, solté sin más, yendo de camino a la ciudad.
“Pues que los demás no pueden ir a comprarla: están todos ocupados, y la necesitamos ya…”, otra mirada sensual y arrebatadora.
“¿Y?”, le digo, alargando la agonía de saber que me tocará ir a mí.
“Coño, que si puedes ir tú a comprarla, que los demás no podemos”, Lorena se deja de miradas sensuales y va al grano. “Va, por favor”.
“Vale, vale, si ya lo había pillado…me hacía un poco de rogar”.

Bandera australiana. Tamaño póster. A cualquier precio. Ese era mi trabajo para la tarde del miércoles. 
Me acerco a una tienda de souvenirs que hay cerca de la estación de trenes. “En venta”, pone el letrero de la entrada. “Creo que hace mucho tiempo que no me paseo por la ciudad”, voy pensando mientras busco una tienda dónde vendan banderas australianas. Una tienda de una pareja de chinos simpáticos es mi siguiente parada. Entro y busco la bandera. Veo una colgada en la pared. Definitivamente éste es mi sitio.
“Hola, quiero una de esas banderas australianas”, le digo a la vendedora señalando la bandera con el dedo.
“Oh, por qué todo el mundo compra banderas australianas hoy, ¿estáis de fiesta los australianos”, me suelta la china sin más.
En ese momento me siento feliz. La vendedora se ha pensado que soy australiano y la maquinaria cerebral se une en un sólo propósito. Ser australiano al 100%.
“Es que hoy celebramos la independencia del Reino Unido”, el guionista de mi vida toma el mando de las neuronas.
“Oh, sí, ya decía yo, que todos comprar banderas hoy”, dice en plan indio.
“Si, si, hoy los australianos vamos a celebrarlo por todo lo alto. Vamos a poner nuestra bandera en la puerta de casa para demostrar que somos una nueva nación”, le suelto.
“Oh…”, la china empieza a alucinar.
“En realidad, la ponemos en la puerta para quemarla después. A las doce de la noche, descolgaremos la bandera de la puerta para quemarla. Quemar nuestro pasado de sumisión con los británicos. A partir de mañana, cambiaremos ésta bandera por la antigua bandera de los aborígenes. La que es negra, roja y amarilla”, interiormente le doy un aprobado al monólogo creado por mi guionista.
“Oh, y qué voy a hacer yo con las 2000 banderas que tengo en el almacén”, me dice la china preocupada.
“Vaya, qué mala suerte. Nadie te dijo que esto pasaría esta noche…”
“Oh, y qué hacer, las tendré que quemar todas yo también”, la china escoge una opción drástica.
“Sería tan bonito que hicieras eso…”, soy un pedazo de cabrón por dejar que el guionista tome las riendas de mi cabeza, pero la ilusión de que piense que soy australiano ha hecho que todo se me empiece a ir un poco de las manos.
“Bueno, pues muchas gracias, y qué pases un feliz día de la Nueva República Australiana”, le deseo a la china.
“¡Viva la República!”, me dice ella levantando el puño en alto.
Yo estoy por decirle que el nuevo saludo republicano de Australia es levantar el puño sacando el dedo corazón, pero me parece un poco cruel. El hecho de que queme sus 2000 banderas esta noche, ya me parece suficiente.
“¡Viva la República Australiana!”, le contesto alzando el puño y me voy.


La bandera que debía haber quemado aquella noche es la que se llevara Celine en su fiesta del No. Ahora está colgada en el tendal de la nueva casa de Muireann y Jarrad. Es una casa enorme con piscina que es propiedad de la hermana de él.  Es una tía un poco rara que se va a pasar la noche buscando a su gato, sentándose con nosotros, levantándose, bebiendo ginebra a palo seco y diciendo que los gatos necesitan silencio para dormir. Un resumen un poco caótico para una chica caótica. En realidad ella vive en Carnes, la zona que sufrió las inundaciones hace unos meses. Se vino hacia aquí hasta que se normalizara todo y lleva instalada con ellos desde que se mudaron. Les hace la vida imposible y están deseando que se marche de la casa por la que ellos ya están pagando como inquilinos. Una de esas situaciones surrealistas en donde mezclar familia y negocios nunca funciona.


Como no es mi fiesta de cumpleaños no espero regalos. Pero ellos son tan majos que me regalan una camiseta con los colores típicos australianos: amarilla y verde. Con la marca de cervezas típica de la zona: Coopers, y de la que ya me he hecho muy amigo.
Las Coopers van acercándose a mi mano sin darme cuenta. De la mano a los labios y de allí al estómago. El estómago es una parte generosa de mi cuerpo que lo que hace es repartir la cerveza por otros sitios: la sangre, el cerebro y mi cara. Ya no siento mi cara al tocarla con los dedos. Conclusión: “Estoy borracho”, me digo. Igual que yo, lo están el resto de invitados, con lo cual es el momento de hacer un juego de borrachos.
“Jugamos a coge una carta y bebe”, creo que dice Tom.
Muireann trae una baraja de cartas francesas. Tom y Jarrad escriben las reglas del juego. Al final de lo que se trata es de beber un trago de la bebida que tengas en la mano. Yo juego con mi …sexta Coopers. Da igual. Todos tienen su bebida. Alguna de las Reglas escritas en un papel son:
Si sale una Q (Queen), beben las chicas; si sale una K (King), beben los chicos. Si sale un 10, bebe el del cumpleaños (o sea Yo). Si sale un 6, alguien se inventa una rima y el resto de la mesa tiene que seguirla, el que no diga una rima graciosa, bebe. Si sale un siete, alguien se inventa una nueva regla y seguro que alguien bebe. Me quedo en esta regla para dar un pequeño ejemplo de cómo funcionan 8 borrachos en una fiesta del No. Tom coge una carta y le sale un 7.
“A partir de ahora, cuando alguien hable, tiene que acabar su frase diciendo: …"en mi culo"”, cuando lo dice nos hace gracia relativa, pero en el momento de seguir el juego y que todos vayamos diciendo algo, te pueden salir frases como éstas.
“Es tu turno…en mi culo”.
“Te toca a ti…en mi culo”.
“El siguiente es Sam…en mi culo”
“A Sam le encanta…en mi culo”
“Lorena te toca beber a ti…en mi culo”
“Oh, cómo me gusta ésto…en mi culo”...
Imaginaos a 8 borrachos diciendo frases de éste tipo antes de beber un poco de su bebida. El juego se termina, porque era imposible seguir jugando…en mi culo.

¡Bueno ya! La fiesta del No se termino de ésta manera y cada uno se fue a dónde pudo cómo pudo. Nosotros regresamos a casa a las 4:00 am temiendo que ningún control policial nos fastidiase la noche…en mi culo.

viernes, 1 de abril de 2011

25/03/11 Ya no quiero tener 300 millones de amigos

La Asociación de Amigos de Facebook en Australia (AAFA) me ha mandado las bases de un extraño concurso en el que voy a participar. “Dime lo que comes y te ganas un amigo”. El título del concurso coincide con mi hora de la merienda. Abro el mail que llega a mi cuenta australiana (dedicada sólo a éste tipo de eventos: sam.corcobado@crazyaustralia.com.au)  y lo leo con un agujero en el estómago.
“Si crees que eres el más original en tus meriendas, si eres capaz de comerte cualquier cosa con tal de tener un amigo más en tu lista de Facebook: éste es tu concurso. Envíanos tu merienda más original, la más extraña que seas capaz de comerte y te damos la posibilidad de elegir el amigo famoso de Facebook que tú desees. Firmado: Mark Rothenmeier, creador y fundador de Facebook”
Las bases del concurso son fáciles y mi estómago está pidiendo a gritos comer algo después de la sesión de bicicleta de hoy. “No tengo nada que perder”, me digo. Abro el armario de delicatesen de la cocina y empiezo a pensar qué le voy a poner a esa merienda. Es el último día para presentar mi candidatura. La verdad es que mi cuenta de correo australiana no la miro tan a menudo como debería. Tengo cinco minutos para prepararme la merienda, enviarles una fotografía a la página web junto con la receta de mi merienda y comermela. Empieza el festival.

Yo concurso con un vaso de zumo tropical que por la etiqueta debe contener: piña, coco, mango y maracuyá; dentro de ese vaso le voy a ir metiendo en orden aleatorio los siguientes ingredientes: una frigolosína o polín de color violeta, una galleta del Ikea que dejé guardada en el fondo del armario (por si acaso), dos cucharadas de Nutella, un chorrito de miel, cacao en polvo, coco rallado, un gajo de naranja, dos trozos de manzana Golden, una gelatina de piña ácida y unas gotitas de vino dulce de Oporto. Lo mezclo todo bien y me lo como con tanto gusto que casi se me olvida lo del concurso.
Enviar archivo adjunto. Clico. Espero…Email enviado. Estoy dentro del tiempo estipulado por sólo dos segundos. El riesgo es tan excitante.


Diez minutos después, mientras mi estómago está saltando de alegría, recibo un correo de (AAFA).
“Enhorabuena…Tío si eres capaz de comerte eso, eres nuestro hombre. Has ganado, pronto se pondrán en contacto contigo para hacerte entrega de tu premio”.
“Bueno…, primer concurso que gano desde que estoy en Australia”, cierro los puños y salto gritando gol. El exceso de azúcar tiene sus riesgos y mezclo momentos de alegría que no vienen a cuento.

El fundador de Facebook se pone directamente en contacto conmigo media hora después. Mark Rothenmeier (o algo así) me llama por teléfono para darme la enhorabuena y para que le diga de qué famoso quiero ser amigo.
“Pues no me ha dado mucho tiempo en pensármelo…oye, se lo puedo dedicar a la familia, como si estuviera en los Oscar”, le pregunto. La emoción me embarga y el zumo se repite en mi boca.
“Tío, esto lo estamos escuchando sólo tú y yo. Es un premio a nivel australiano…”, Rothenmeier parece que está muy ocupado. “Ponle un Like a esa de allí”, suena en la voz del jefazo de Facebook.
“Pues elijo a Bruce Springsteen”, le suelto de repente. Es el primer famoso que me viene a la cabeza que realmente me apetece conocer.
“Tío, lo siento, pero Bruce no tiene Facebook”, me suelta a los pocos segundos el señor Facebook.
“Pero si yo he visto su página”, le miento.
“Pues no. No tiene. Tendrás que elegir a otro”, noto como el jefazo tapa el auricular y le comenta a algún colaborador que felicite el cumpleaños de un nombre que no reconozco.
El guionista de mi vida reacciona rápido y tiene una buena idea: “Oye, elígelo a él. Es el jefazo de Facebook y tiene que ser amigo de todo Facebook”. Mi guionista tiene razón.
“Pues te elijo a ti, Mark Rothenmeier”, le digo sin titubear. Al otro lado del teléfono no se oye nada.
“¿A mí?”, dice sorprendido.
“Tío, tu eres famoso, además, siendo tu amigo puedo ver las cuentas de Facebook de todo el mundo. Sería amigo de todo Facebook”, mi plan es perfecto y esta en marcha.
“En fin, creo que tienes razón…” Rothenmeier no puede negarse. “Está bien. Desde ahora mismo ya eres mi amigo en Facebook”.
“Por cierto, ¿eres familia de la profesora de Heidi?”, le pregunto antes de que me cuelgue.
“Si, era mi bisabuela; mi familia se crió en las montañas de Suiza y yo…(ponle un puto Likes a esa entrada, coño)…perdona, es que estoy muy liado…qué te estaba contando”, el pobre Rothenmeier parece que no da abasto.
“Nada, era simple curiosidad”, le digo antes de desearle que tenga un buen día.
“Enhorabuena por tu merienda. ¿De verdad te comes todo eso a la vez?”, el jefazo de Facebook alucina.
“Sí amigo, eso y mucho más”. Le cuelgo y empiezo a tener curiosidad por ver a algunos de mis nuevos amigos.
Ser amigo de Rothenmeier me da a acceso a los más de 300 millones de usuarios que tiene Facebook.
“¿Quién voy a visitar primero?”, me pregunto delante del ordenador.


Marujeo puro y duro.
“Angelina Jolie”. Fotos aburridas de Angie con sus hijos; en el parque, en el zoo, en la barbacoa en casa de Jennifer Aniston. “Vaya, no sabía qué eran amigas”. Le pongo unos Likes a alguna de sus fotos para quedar bien, y sigo.
Ahora a por otro tipo de gente: Berlusconi. No sé por qué me viene a la cabeza el presidente italiano. Su Facebook está repleto de fotos de adolescentes ligeras de ropa que miran a la cámara con cara de 500 o 1500 euros  la hora. Berlusconi lleva pelucas rizadas y sonríe en un tono que no me gusta: “Dislike”. Hoy es el cumpleaños de 254.368 de mis nuevos amigos. Me empiezo a agobiar. “Si tengo que felicitarlos a todos, me voy a pasar el día metido en Facebook poniendo “Muchas Felicidades en tú día, y paridas así”, mientras lo estoy pensando, voy a por otro famoso.
Gadaffi. Hace meses que no actualiza su página de entrada. Le pongo en su muro un comentario que deja claras mis ideas: “Pasapacasa y deja a tu pueblo en paz”. Like. Dislike. Feliz Cumpleaños. Esto es un sin vivir.
Bin Laden sólo tiene fotos de cuevas en medio de Afganistán en su página de Facebook. “¿La CIA tiene acceso a la página personal de Bin Laden?”, me pregunto mientras felicito a otro de mis nuevos amigos, le pongo 3 Likes a las fotos de Piqué y Shakira besándose en la playa y me hago Fan de “los huevos fritos con patatas”.

Me empiezo a volver loco con tantas cosas que tengo que hacer si quiero mantener una buena relación Facebook con mis nuevos amigos. “Ahora entiendo lo ajetreado que está el biznieto de la profesora Rothenmeier”, voy pensando a la vez que me cambio la foto de mi perfil por una bandera de Sri Lanka (soy solidario porque en el barrio de mi nuevo amigo Arahat Mahinda Thera, está muy preocupado con la subida de los precios del pescado en la tienda de la esquina); le pongo doce Likes a las fotos de Boda de una japonés de Kioto, un “Cumpleaños feliz” a 38 amigos más y veo los Youtubes de un gato que se esconde dentro de un vaso de chupito, el último gol de Cristiano Ronaldo, escucho la canción “Sancho –Quijote”, leo un artículo del Times de Indonesia muy interesante sobre castración a ratones de laboratorio y me hago fan de las meriendas de toda la vida.



“¡Basta ya!”, el grito que he escuchado dentro de mi cabeza lo ha lanzado la neurona que estaba enganchada al Facebook. “Ya no quiero ser amigo de todo el mundo para tener que pasarme el día felicitando cumpleaños, poniendo “Likes” como un gilipollas o guardándome “Dislikes” que más de uno se merecería. Se acabó, o dejas de ser amigo del Rothenmeier o me suicido”, la neurona está agotada.
Cojo mi iPhone y busco el número del jefazo de Facebook.
“Oye, tío, que creo que el premio era demasiado para mí. No quiero ser tu amigo en Facebook”, le digo de entrada.
“Ahora me entiendes. Me paso el maldito día felicitando cumpleaños, poniendo pulgares hacia arriba, mirando fotos de gente que no me interesa…es un puto suplicio. A veces pienso que ojalá hubiese inventado otra cosa menos agobiante. No sé, el Google, el Youtube o algo así más tranquilo…”, el pobre Mark está agotado. “Si, a esa foto le pones un Like”.
“Pero tienes gente que trabaja sólo para poner Likes y Dislikes”, le pregunto.
“Si. Yo sólo no podía. Tengo a más de 200 personas poniéndolos. Pero claro, yo les tengo que controlar y que no se les vaya la olla. Tengo que mantener a mis amigos de Facebook lo más contentos posible”.
“Pues yo dejo de ser tu amigo ahora mismo. Ha sido sólo media hora, pero no aguanto más. Lo siento, tío. Nos vemos en otro momento”.
“Ok. Dislike que dejes de ser mi colega... Feliz cumpleaños, para cuando sea…bueno, que sigo con lo mío. See you, man”.
“C U”.
Mi cabeza y mis dedos han dejado de pensar en fotos, pulgares, felicitaciones y comentarios. Sólo me queda decir la hora en un par de sitios de los que nunca había hablado y termino el post de hoy: Son las 9:15 en Colombo (Sri Lanka), las 22:45 de la noche de ayer en Winnipeg (Canadá). Por si alguno de mis antiguos amigos tiene algo que celebrar. ¿Likes?

P.D. Post dedicado a mi hermana Monny que está enganchada al Facebook, que el día que lo escribí era su cumpleaños. ¡Felicidades!